El factor tiempo: el nuevo campo de batalla en los grandes casos de corrupción

Los procesos judiciales de mayor relevancia en la República Dominicana, como los casos Coral, Coral 5G, Medusa y Calamar, atraviesan una etapa donde la duración de los expedientes se ha convertido en el eje central de las discusiones legales. Mientras las defensas técnicas argumentan que el paso del tiempo ha superado los límites permitidos, vulnerando el derecho a un juicio en un plazo razonable, el Ministerio Público sostiene que la complejidad de estas investigaciones justifica su extensión.
En el caso Coral y su derivado Coral 5G, el debate sobre el tiempo persistió incluso tras la sentencia emitida en junio de 2026, que impuso condenas de hasta 20 años. Los abogados de los imputados intentaron sin éxito declarar la extinción de la acción penal, alegando el vencimiento de los plazos máximos. Los jueces desestimaron estos recursos, enfatizando que la magnitud del expediente, que involucró a 36 acusados y miles de pruebas, impide reducir el análisis a un simple conteo cronológico.
Por su parte, el caso Medusa, que tiene como figura central al exprocurador Jean Alain Rodríguez, ha enfrentado desafíos similares. El tribunal determinó que, aunque el plazo legal había sido excedido, esto no conlleva automáticamente la extinción del proceso. La justicia valoró factores como las múltiples recusaciones, cambios de abogados y la complejidad de un entramado que, según la acusación, habría generado pérdidas millonarias al Estado.
El expediente Calamar presenta una particularidad adicional: la disputa sobre la fecha exacta en la que debe comenzar el cómputo del tiempo. Mientras algunas defensas señalan febrero de 2022 como el inicio, el Ministerio Público defiende una fecha posterior. A pesar de las solicitudes de extinción presentadas, el proceso continúa su curso hacia el juicio de fondo, tras la decisión de la jueza Altagracia Ramírez de rechazar los planteamientos de las defensas en mayo de 2026.
Este escenario judicial plantea un dilema sobre cuándo la duración de un proceso deja de ser una respuesta a su complejidad y se transforma en una violación de derechos. Expertos en la materia señalan que los jueces deben evaluar caso por caso si las demoras son atribuibles a la inactividad estatal o si son producto de las estrategias de defensa, garantizando siempre el equilibrio entre la persecución penal y las garantías constitucionales de los procesados.